MARTES 30 DE AGOSTO DE 2011

MI NOMBRE ES BLANCANIEVES: MANZANAS Y CUENTOS

GABRIELA PINO: MI NOMBRE ES BLANCANIEVES
THISISNOTAGALLERY (Buenos Aires)

Seguro que todavía hoy siguen en boga alguna de esas interpretaciones neoestructuralistas que, en el punto medio en el que el psicoanálisis se encontró con la crítica social gracias al giro textual de los paradigmas constituyentes, veían por todas partes significantes a liberar del poder omnipotente del padre.

Herederos de la crítica a la religión de Freud, y asentados cómodamente en la sintomatología marxista de la mercancía, los –ismos que surgieron como decimos al abrigo del giro textual cayeron en la trampa de ver en cada esquina significantes que desencadenar del férreo poder del signo. Así, por ejemplo, Marcuse se asignó para sí la tarea de desublimar la cultura disolviendo toda forma –entre ellas las artísticas- en lo político o lo cotidiano.

Pero, claro está, los tiempos han cambiado y, si algo ha quedado bastante claro, es que de la desublimación de ningún significante se sigue efecto emancipador alguno; o, para decirlo al socaire de eslóganes que ya Debord vio como el doble invertido al régimen del capital, debajo de un significante libre no existe ninguna playa de libertad.

Si decimos todo esto es porque los cuentos infantiles, con esa tendencia adulticia a desfacer los entuertos cometidos, han sido diana perfecta de estos discursos propagandísticos que, como último eslabón de la crítica cultural anestesiada por un poder maquínico que hacía ya tiempo se había confabulado con el poder de la mercancía, pretendían liberar todos los discursos de la raíz ontopraxiológica que los hacían emerger.

Teniendo como modelo una crítica deconstructiva no del todo bien comprendida, se dedicaron a bombardear toda discursividad declarándola culpable de falocentrismo, homocentrismo, y todos los demás centrismo que uno pudiera echarse a la boca sin saber que –como realmente sostendría Derrida, y de lo que se le culpabilizaría hasta la extenuación- el ‘otro’ es siempre un ‘yo’ camuflado que impone su violencia.

A este respecto, es ya buena señal, a mi entender, que Gabriela Pino se olvide de estos discursos mohínos y adormecidos en algún armario para dar rienda suelta a lo que de verdad importa: no ya que los significantes están presos de una cultura, sino que dicha cultura señala ya desde el principio una barbarie, una tragedia que sólo tiene en su consustancial repetición la ulterior posibilidad de una salvación.

El fracaso es nuestra razón de ser y la manzana es símbolo, no ya de represión alguna, sino de la paradoja temporal de un tiempo escapándose y retorna siempre nuevamente en su tragedia. Zaratustra esto lo sabía muy bien: todo valor es temporalidad que retorna; únicamente en el poder de la creación está la salvación. Pero la salvación es imposible: “yo amo al que crea por encima de sus posibilidades y por ello perece”. O lo uno o lo otro, pero no caben aquí medias tintas.

La artista, en la obra que ahora se presenta en la Galería ThisIsNotAGallery de Buenos Aires titulada Mi nombre es Blancanieves, nos propone una cabañita que no pertenece a ningún cuento y cientos de manzanas a su alrededor que, igualmente, tampoco han sido sacadas de ninguna historia infantil. Quizá sean las mismas, pero en ningún caso son indiscernibles. Y es que de esto va la obra: de situarnos en una alteridad que remite no ya a lo pasteurizado de una moralina, sino a la tragedia del fracaso en que se asienta toda civilización.

La cabañita, construida a base de cajas de frutería, engarzadas entre sí una por una, es una construcción pura, un evento milagroso en el claro de cualquier barriada marginal de cualquier ciudad del mundo. La idealidad de la construcción, del refugio que pudiera ser cultura alguna, es solo una ilusión –no ya asentada en lo sintomatológico de un poder libidinal cualquiera, sino en lo inexpugnable de una realidad que nos configura.

Quizá no hoy, quizá tampoco mañana, pero la manzana será mordida y, otra vez, seremos expulsados del paraíso, seremos sacudidos en nuestra impropiedad, zarandeados –ahora sí- en la violencia de cualquier discursividad.

Guido Ignatti, comisario de la exposición, lo dice con una claridad nada común en estos ambientes: “la herida abierta que supone la exposición del fracaso es, quizás, el momento más honesto en la obra. Ya no se habla del bien y el mal, Blancanieves y la bruja malvada son el mismo personaje”. Y es que la obra adquiere rango de monumentalidad –en el mejor sentido de la palabra- al concitarse –según dicen- un olor a rancio y a pútrido en la sala: la manzana es lo que es, no hay vuelta de hoja ni escapatoria posible.

Una vez más: no hay nada que desublimar, no hay nada que liberar de ningún poder. Todo apunta a una misma realidad donde la diferencia es mera apariencia. No se habla de moralidad, no hay ninguna realidad encubierta, no hay unos buenos conjurando y haciéndonos ver –a los malos- lo equivocado de nuestras creencias. No. Solo hay un hecho: tú y yo condenados en una destinación precisa. ¿Labor del arte es sortearla o enfatizar nuestras cruces? Afortunadamente Gabriela Pino se queda con la segunda opción.

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