Marcelo Sánchez Dansey
Publicado en revista Ñ 21 de diciembre 2015

Juego en el bosque del consumo

Instalación. Gabriela Pino expone en el espacio experimental La Ira de Dios
una obra site specific hecha con latas de dulce de batata, que dispara reflexiones
sobre el exceso y la falta, sobre el hambre y la gula.

Si el mejor lugar para esconder un árbol es un bosque, cuando se trata de mostrar un bosque quizá lo más indicado sea una galería de arte. Es lo que hizo Gabriela Pino en La Ira de Dios , ese espacio de experimentación artística ubicado en Villa Crespo: un bosque de latas de dulce de batata que le sirven de follaje. Un bosque dorado en el medio de un antiguo galpón remodelado.

La imagen se revela recién en la sala. La invitación es un video y no es mucho lo que muestra. Dos chicas de veintipico comiendo bajo los árboles, comiendo dulce de batata. Unos pocos segundos que podrían ser el fragmento de una película de Lucrecia Martel. La escena transcurre con el sopor de la siesta y está a punto de romper su encanto cuando una de las chicas dice algo pero no se la escucha, sólo suena el viento, mientras la otra come ensimismada. El video tiene algo de silvestre y funciona como retrato de un tiempo muerto, de un tiempo fuera del tiempo.
Como la chica que come, el visitante llega a la sala sin imágenes en la cabeza. Pino es una artista que trabaja entre uno y dos años en cada muestra y siempre juega con el factor sorpresa. Si no es la escala monumental, será la repetición compulsiva; si no es el impacto visual, será una atmósfera viciada. De uno u otro modo su obra va y viene del deseo al morbo, bordeando siempre los extremos.

La instalación, en este caso, se pensó a partir del espacio. Pino envolvió las columnas de la sala con chapa galvanizada para que funcionen como los troncos de este paraíso artificial. Luego coció las latas doradas en grupos de seis y superpuso los patrones unos sobre otros para montarlos sobre la estructura metálica del cielorraso. Desde afuera la vista es maravillosa. Como dice la curadora, Gabriela Urtiaga , “las formas circulares y doradas se multiplican generando un efecto teatral que no sólo cobija al espectador sino que lo invita a participar de manera inmediata”. Así es, instintivamente, uno tiende a entrar, a sumergirse, aunque una vez adentro transite con cautela. Por momentos hay que agacharse. Las latas abiertas, abolladas, rozan las cabezas con sus filos y sus mellas. Si por afuera se ve resplandeciente, por dentro se siente oscuro.

Es necesario entonces detenerse ante la connotación simbólica del alimento. Esta es otra característica de la artista que al principio de su carrera envolvía figuras icónicas de la cultura popular con el papel metalizado de la Bananita Dolca. La carga afectiva del producto comercial era la quintaesencia del sabor en juego. De igual manera el dulce de batata conlleva un sentido, es de hecho una marca identitaria de la mesa de los argentinos. Es el postre todoterreno, signo de festividad, que al mismo tiempo se vincula con la cuestión de clase. No por nada se lo llama el falso marrón glacé, o para ser más claro: el marrón glacé de los pobres. Y cuánto más pobres todavía, si las latas están vacías.

Pino, que ahora viste un vestido de encaje y lleva las manos cubiertas de cadenas doradas, es una chica de origen humilde que pasó por situaciones difíciles. Nacida y criada en el partido de La Matanza, más que urbana es conurbana. En su imaginario el bosque es la reserva natural de Ciudad Evita. En ese barrio tuvo a los 25 años su primera casa, gracias a su sueldo de profesora de plástica. Ahí conoció la independencia, la libertad o, como dice, ahí empezó a ser ella misma. El bosque tuvo que ver con eso. Cuando hacía calor y ya no se podía estar en la casa, salía a pasear bajo los árboles. Pasaba mucho tiempo ahí. En esas caminatas pensó que ya no era una estudiante de Bellas Artes: Gabriela Pino era artista.

Sus obras guardan siempre detalles de su biografía. Ella lo llama orden compuesto. Toma el concepto de Mark Twain que construía sus personajes mezclando elementos de personas que conocía. Pino, que no llega a construir relatos sino que arma situaciones con relatos encriptados, también se vale de estas experiencias propias o al menos cercanas, para mezclarlas y darles forma a imágenes arquetípicas. A lo largo de su carrera fue reconstruyendo una mitología contemporánea con tratamiento realista. Reconstruye el mito con elementos cotidianos pero no atenta contra el imaginario; si la crítica social sobrevuela sus acciones, hay que decir que esta no es directa. En todo caso, lo que hace es torcer la idea hasta que la creencia muestra otras facetas no tan vistas. Pino es pobre, no es pobrista. Pino es femenina, no feminista. Esta distancia moral y política sobre el buen pensar es su mayor acierto, porque expande el campo de sentidos. Aunque trabaja con aspectos sociales, sus temas son el amor y el sexo, el hogar y la ambición, los placeres y las miserias de la vida.

Lo suyo es la condición humana y para que se entienda, hay que decirlo, Pino es obsesa. Su peso –dice– “es el secreto mejor guardado después de la edad de Mirtha”. Bromea pero no se achica. “Mi tema –sigue– es el consumo. El hecho de que sea obesa es un conflicto, estoy en tratamiento y no es fácil, sobre todo porque para mí la comida es sinónimo de fortaleza. Pero mi trabajo no se circunscribe a esa realidad puntual, tiene más que ver con el consumo”.

Urtiaga avanza en esa línea: “En una composición casi obsesiva, a instancias de la reiteración y la acumulación de grandes latas vacías de dulce de batata, la artista se apropia de esos objetos de consumo para crear un gran bosque primigenio que funciona como un observatorio de pensamientos”, dice el texto de la sala. Y es cierto. El espacio invita a reflexionar sobre la falta y del exceso que no son otra cosa que el hambre y la gula, dos instancias que aquí se imbrican. El bosque de hojalata resulta así una paradoja. Lo artificioso adquiere un cariz edénico. La naturaleza humana, por fuera de la cultura.

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