Marcelo Sánchez Dansey
Publicado en revista Ñ 20 de agosto 20011

Miserias de Blancanieves

Gabriela Pino cuenta el cuento del cuento infantil con su instalación
y deja a la vista cuestiones que están a la vista.

Si las nuevas versiones de los clásicos infantiles nos cuentan historias pasteurizadas en las que los ogros tienen un costado amable y el lobo, en lugar de comerse a la abuelita, se limita a esconderla en el ropero, bien podría decirse que esta revisión que hace Gabriela Pino sobre Blancanieves es mucho más terrible que su original.

No hay nada novedoso en eso de cuestionar el rol de la mujer en los relatos de tradición patriarcal; sin embargo, a la hora de actualizar el mito de la princesa virgen que convivía con un grupo de enanos, sigue siendo efectivo señalar que no estamos en la Edad Media sino en el siglo XXI y que tampoco éstos son los bosques de Baviera sino una urbe sudamericana con emergencia habitacional. Tan sencillo y crudo como la relocalización del GPS es el efecto que provoca Mi nombre es Blancanieves, la instalación de la artista de cabellos negros, piel blanca, labios rojos en ThisIsNotAGallery.

Al ingresar en la sala, como en un claro del bosque, se encuentra una cabaña de madera, escala uno en uno, que –vista con otros ojos– no es más que un rancho construido con tablitas de cajones de verdulería, igual a cualquiera de los que pueblan las villas miseria de nuestro país. La diferencia con otros, es que éste está inundado de manzanas; las mismas que antes llenaban los cajones ahora desbordan la casa y caen por la puerta y las ventanas a granel.

La obra impacta por su dimensión y emplazamiento en el medio de la sala blanca, inmaculada, iluminada por una línea de tubos fluorescentes que recortan a la obra en un vacío propicio para la disección. Las maderas claras, las leyendas bucólicas que aparecen en los listones, el trabajo paciente de quien clavó prolijamente cada madera, evocan la pureza de esa ilusión necesaria para levantar un hogar; para cocinar, lavar, planchar y hacer las camas para siete. Amor filial, pariente de ese otro amor, el amor erótico de las manzanas que enmarcan la casa-refugio con su color carmín y un perfume delicioso. El origen natural, edénico, de los elementos no es un detalle menor porque estas manzanas, como la manzana cristiana, provocan el bocado, incluso a pesar de las advertencias. Más de uno lo hizo. Y tarde o temprano, todos lo harán. Es sólo cuestión de tiempo. Por eso, si bien a la hora de clasificar la obra, el curador Guido Ignatti la definió como un site-specific, por su diseño ad hoc, bien podríamos agregar que también se trata de un time-specific o time-based, como se etiqueta a las obras que accionan sobre un segmento de tiempo en particular.

La operación de Pino consiste en dejar que las cosas sean. A la vista. A una semana de la apertura la fruta ya pasó su cuarto de hora. La atmósfera se enrarece, el amor no alcanza, y que cada uno se haga cargo de los cuentos que viene repitiendo como maestra jardinera.
Los mitos, como las obras de arte, le dan una estructura simbólica a eso tan horroroso que no puede abordarse de otro modo, bordean lo imposible, que es lo imposible de ser dicho, aunque suceda ante los ojos. El de Pino, entonces, es el cuento del cuento, sin perdices, con final abierto.

Dice Ignatti en el texto que aparece en la sala: “La herida abierta que supone la exposición del fracaso es, quizás, el momento más honesto en la obra. Ya no se habla del bien y el mal, Blancanieves y la bruja malvada son el mismo personaje”. La casa entonces, ya no es la casita conyugal, la de la prole; es, en todo caso, el propio cuerpo, la habitación de la conciencia donde se libran las batallas más tremendas. Y las manzanas, como un reloj biológico, sólo sirven para delatar los efectos del paso del tiempo, para algunos, el antídoto, para otros, el peor de los venenos. Si no, preguntarle a la madrastra.

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