Los cuentos de hadas no son ciertos

“Mi nombre es Blancanieves” - Gabriela Pino
en ThisIsNotAGallery.

Es sabido que, si hay una manzana podrida en el cajón, esta pudrirá al resto.

Continúo. La obra de Gabriela Pino es una máxima sobre el escepticismo actual. Un reflejo de la feminidad en tiempos de cólera. Pura resistencia ante los mandatos sociales y ante la fantasía adolescente y dramática del género. La mujer varón está imponiéndose ante nosotros. Observación que, sumada a la idea de la infección de la manzana podrida, afirma el espíritu espoleante que se respira en obras que, como esta, abren los párpados de los ojos que solo posan la mirada sobre la obviedad. Además, de incitar a toda la fruta hermana a pudrirse en la aspereza propia de la madera que la contiene y que vincula su significado a un lugar más común, menos idealizado.

Insisto. La instalación corrompe. Lo hace con la potencia irrefutable de la realidad, y el imperio nimio y frágil de la fantasía se hace añicos al instante. -Domina la madera en el primer vistazo y perdura, largo, en la retina-. Claramente no es la ilusión de un niño la que está en juego, es la de una mujer que se debate entre la verdad y la ingenuidad propia de la hembra incipiente educada para complacer y para creer lo increíble de la boca de otros. El debate entre el ser y el deber tiene lugar en esta casa, puertas adentro. Sea autoreferencial o no, es un debate existencial sobre la posición de la mujer.

La casa que desborda de manzanas rojas, es una obra radical que, sin considerar las psiquis que afecta, pega una dura bofetada de verdad. Verdad, que se cuela siempre por las hendijas de la irrealidad, y que, libra del automatismo que deviene de negar las fantasías. -Las manzanas cobran protagonismo lenta pero establemente-. La mujer de esta casa tuvo un sueño inculcado, y despierta tuvo otra realidad, ¿un príncipe pobre? Si huyó y dejó su vestido colgado, secándose, las manzanas son el símbolo de su fantasía ebullicionando. Incontenible, como el maíz lo es en una olla al momento de convertirse en el deseo de quien escucha ansioso el repiqueteo desde afuera. Y nosotros miramos desde afuera. Donde la realidad es impetuosa e innegable, la imaginación tiene un espacio acotado, aunque se abra paso abriendo puertas y ventanas con la potencia de un río. Este es el momento delante de nuestros ojos. Entonces la batalla está librada. Y los dos frentes armados, nos piden tomemos partido.

La herida abierta que supone la exposición del fracaso del cuento, es quizá el momento más honesto en la obra. Donde ya no se habla del bien o del mal, Blancanieves y la reina malvada pueden ser el mismo personaje. Esta obra especula sobre el rol del héroe y el villano, de la víctima y el victimario; sobre quien se hace cargo de las decisiones que toma despierto o soñando. Blancanieves es quien puso el señuelo de la manzana para sí misma cuando necesitó creer. Mea culpa.

Guido Ignatti

www.guidoignatti.com.ar

Fairy tales aren’t true.

“My name is Snow White” Gabriela Pino
at ThisIsNotAGallery.

It’s known that if there’s a rotten apple in the bushel it will spoil the rest.

I continue. The work by Gabriela Pino is an argument about skepticism today. A reflection of feminity in the time of cholera. Pure resistence in the face of social mandates, in the face of adolescent fantasy and gender drama. The masculine woman is imposing herself before us. Coupled with the idea of the rotten apple’s contaminating effect, we can see that a catalyzing spirit not just breathes through work like Pino’s, work with the power to awaken eyes accustomed only to settle its gaze on the obvious. But also, this spirit incites all her fellow fruit to rot in the rawness of the wood that contains it and binds its significance to a more common, less idealized place.

I insist. The installation itself corrupts. And it does so with the irrefutable force of reality; the trivial and fragile empire of the imagination is shattered immediately. At first glance, the wood dominates and sustains, long, in the retina. Clearly this is not the dream of a child at play. It is imagined by a woman who debates between truth and the inherrent naiveté of the waking female, convinced into complacency and belief in the unbelievable by the mouths of others. The debate between self and service takes place in this house, behind closed doors. Be it self-referential or not, it is nonetheless a debate about a woman’s position.

A radical work without consideration for the psyches it disturbs, the house that overflows with red apples strikes a hard blow of truth. A truth that, always slipping through the cracks in reality, breaks the sleepy spell cast by the imagination’s denial. Slowly but surely, the apples take centre stage. The woman of this house, once plunged into a dream, awakes now to another reality. A poor prince? If she escaped and left her dress hanging out to dry, then the apples might represent her overflowing imagination. Popcorn growing under the lid, overwhelmed by the desire of he who listens to the popping from the outside. And we watch from the outside. Where reality is impetuous and undeniable, imagination has a limited space. Nonetheless a space that, with the force of a river, throws open doors and windows. This is the moment in front of our eyes. Thus the battle is let loose. And both armed sides ask us to take part.

Perhaps the work’s most honest moment, the open wound proclaims the failure of the tale plain to see. Where finally no one speaks of good or evil, Snow White and the Evil Queen could be the same character. This work challenges the roles of the hero and the villain, the victim and the victimizer. It questions who is in charge of the decisions we make, whether awake or asleep. When she needed to believe most, Snow White is the one who enchanted herself with the apple. Oops.

Guido Ignatti
Translated by Nathan Tichenor


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